Por Patricio Altamirano Arancibia, Analista de los cuerpos que padecen, 19 de octubre de 2026
La tesis central de este ensayo es tajante: hemos pasado de un estallido social de carácter macro a uno estrictamente molecular. Sin embargo, para captar la profundidad de esta mutación, es imperativo destrabar paso a paso el sentido común que paraliza el debate político actual. Ese automatismo que encadena el análisis al fetichismo de la calle y a la repetición nostálgica de los rituales de masas es la primera barrera que debemos demoler. Mientras las superestructuras sigan midiendo el malestar con los metros lineales de la protesta tradicional, el fenómeno real continuará operando fuera de su radar. El núcleo del octubrismo de 2019 cumplió su ciclo; el de ahora despliega sus propias geografías y expresiones.
Del fetichismo callejero al pulso real: Desarmando el primer dogma del sentido común
El primer obstáculo del sentido común es asociar de forma automática el «octubrismo» actual a una marcha callejera. Este reflejo analítico ciega a la política formal, ignorando que la forma del descontento mutó radicalmente. Este octubrismo despojado de libretos es esencialmente una reacción visceral de los sectores más empobrecidos del país —por ello es gástrica y carece de un proyecto político propio—; reducirlo a una disputa de barricadas en la capital es no querer ver su verdadera naturaleza molecular.
Para romper con esta inercia, basta con examinar el pulso previo y el desarrollo de este 18 de octubre bajo una luz crítica. En el plano político, la conmemoración expuso las fracturas del oficialismo: mientras la derecha y Chile Vamos firmaban una declaración conjunta (“Chile sin violencia: un compromiso con la paz”) buscando blindar el relato de orden público, el flanco oficialista se tensionaba por el impasse con los sectores libertarios —liderados por figuras como Johannes Kaiser—, que exigían mano dura e indultos a uniformados. A este asedio político se sumó el diagnóstico ciudadano: las consultas en la víspera apuntaron al desconcierto, la apatía y el temor a los desmanes, reflejando un claro repliegue social. Frente a ello, la institucionalidad levantó un cerco estricto sin autorizaciones, respaldadas por un despliegue masivo de Carabineros y la advertencia del ministro de Seguridad, Martín Arrau, de responder “con intensidad”.
Superando la lectura superficial, la jornada cristalizó una tensión dual: de un lado, el repliegue táctico de la mayoría que optó por el resguardo; del otro, el desacato total de quienes marcharon pese a la prohibición. Con estimaciones policiales de entre 2.500 y 2.800 personas en la Alameda —que al duplicarse en registros sociales arrojan al menos 5 mil asistentes—, los extremos políticos cayeron en su predecible trampa interpretativa. La derecha radical lo leyó como el falso entierro definitivo del octubrismo, mientras la izquierda lo contempló con un mutismo angustioso. Ambas ignoraron que el malestar simplemente había mutado. La jornada dejó 29 detenidos y, al día siguiente, la prensa reflejó una cobertura marginal: no hubo grandes columnas sepultando el movimiento ni tribunas intentando rescatarlo. La escasa presencia no fue ausencia de malestar, sino la prueba de que el actor social prioritario operaba ya en otra frecuencia.
Superando el sesgo decimonónico y la trampa de la pinza polarizadora
Derribado el primer dogma callejero, el análisis debe desmontar el segundo gran pilar del sentido común: el sesgo decimonónico que reduce la política al espacio público de la gran avenida. Considerar que la calle sigue siendo el principal termómetro de la conflictividad social invisibiliza que las fracturas actuales transitan por carriles completamente desarticulados de la protesta tradicional —como el voto de castigo, el refugio en la esfera privada, la informalidad o la polarización digital—. Contar cuerpos en la Alameda equivale a confundir visibilidad coyuntural con profundidad estructural, ignorando que este nuevo octubrismo molecular encuentra cauces muy alejados de los repertorios de 2019.
A este sesgo se suma la trampa de la pinza polarizadora. Una lectura estrictamente polarizada —aquella que reduce el análisis a la pugna simétrica entre la derecha y la izquierda radical— perpetúa el marco mental que elude la realidad. Ambas fuerzas instrumentalizan la fecha como un espejo retrovisor, incapaces de aceptar que este descontento opera mediante dinámicas moleculares desprovistas de un proyecto refundacional y ancladas enteramente en frustraciones materiales cotidianas.
El punto de llegada: Cuando el estallido molecular se reveló en Bajos de Mena
Al despojar al análisis de los anteojos del sentido común, el panorama cambia por completo. Cuando estalle una nueva manifestación, la derecha y la izquierda radical repetirán el coro de que «no la vieron venir», precisamente porque su marco analítico sigue anclado en la superficie. Mientras las élites esperen que el malestar toque la puerta con los códigos del pasado, el descontento seguirá incubándose bajo nuevas formas.
Para comprender este punto de llegada, hay que observar que en los barrios periféricos y populares opera de forma permanente una conflictividad molecular de baja intensidad —marcada por hostigamientos cotidianos, microvandalismo y resistencia a la intervención estatal— que erosiona la infraestructura local y genera un clima de desgaste crónico, el cual a veces escala hasta convertirse en un símbolo institucional que la comunidad intenta arrasar.
Es aquí donde el ensayo disuelve definitivamente el mito de la Alameda y alcanza su revelación final: la verdadera conmemoración de este octubrismo molecular no ocurrió en el centro este 18 de octubre, sino que se adelantó el pasado 14 de octubre en Bajos de Mena, con el violento ataque al consultorio (CESFAM) en Puente Alto. Esta mutación se manifiesta en el corazón de los sectores más empobrecidos —territorio que ya fue epicentro de la revuelta de 2019—, operando nuevamente como una violenta reacción popular gástrica frente al colapso cotidiano de la exclusión urbana y el abandono institucional. La rabia que impulsó al grupo autor del ataque se había expresado reiteradamente por los canales formales, pero al no ser escuchada ni procesada por el sistema, terminó estallando de manera molecular.
La acción desatada en el CESFAM expuso con crudeza los límites del sistema, destrabando la ilusión de control estatal al superar con creces la capacidad de respuesta de toda la arquitectura institucional y rebasando por completo al alcalde Toledo, al gobernador Orrego, al delegado Codina y al propio presidente Kast. Asimismo, este estallido molecular dejó al descubierto la total irrelevancia de una izquierda radical que, anclada en sus viejos esquemas, se vio completamente superada por la espontaneidad descarnada de las bases.
Obstinadas en vigilar sus dogmas ideológicos y presas de su propio sentido común, tanto la derecha como la izquierda radical demuestran una absoluta incapacidad para comprender que este fenómeno es la auténtica mutación del octubrismo ocurriendo justo bajo sus narices. Lejos de extinguirse en una marcha estéril, la furia social ha migrado hacia expresiones descentralizadas en aquellos territorios que encendieron la chispa original, abriendo paso a dinámicas donde la ciudadanía crítica ensayará formas de desacato institucional menos riesgosas y de mayor masividad. En suma, el malestar golpeará la puerta bajo cualquier nombre: como octubrismo, noviembrismo o junioismo.